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Francisco se armó de valor y le confesó sus sentimientos a Marilyn. Él le ofreció disculpas por el atrevimiento, pero prefería ser sincero. Marilyn le respondió que también le sucedía lo mismo desde que lo conoció y que se sentía confundida. Solo pienso en ti". Ellos se miraron fijamente a los ojos por largos segundos.

No intentaron acercarse por respeto a sus parejas. Al día siguiente, ella decidió renunciar a su trabajo para no arriesgar sus respectivos matrimonios. Pensó que esta separación física los ayudaría a ambos a olvidarse y fortalecer el amor con sus parejas. Seamos valientes y enfrentemos al mundo. Tu esposo y mi esposa no se merecen esto, pero no podemos dejar pasar nuestro amor". La Plaza de Armas. Portada Local Internacional.


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    Selección peruana. A mis 49 años, estaba al borde de esa etapa y me aterraba perder mi deseo sexual. Así que tenemos este desequilibrio, un problema del tamaño de un elefante, tan pesado y vergonzoso que apenas podemos reunir las fuerzas para hablar de ello. Al menos eso quería yo, y fue lo que me llevó a ese camino de encuentros ilícitos. Después de todo, la cantidad de hombres y mujeres que tienen amoríos es casi la misma.

    El sexo dentro del matrimonio, para ellas, suele parecer una obligación. Un amorío es una aventura. La aventura, para ellos, no era lo que los motivaba a cometer adulterio. La primera vez que vi a mi casado favorito levantar su tarro de cerveza, la manga arremangada de su traje a la medida reveló un caleidoscopio geométrico de tatuajes. Era un hombre de buenos modales y de barba finamente rasurada que escondía un grito apagado de rebeldía.

    También charlamos. Le pregunté: En respuesta, suspiró y dijo: Lleva diez años sin trabajar, criando a nuestros hijos y tratando de encontrar qué quiere hacer con su vida. Mi propio matrimonio no se había terminado por un amorío, así que me costaba trabajo ponerme en su lugar.

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    Se rio. Sin embargo, la mayoría me hablaba al respecto de buena gana, como un padre paciente que responde a un niño que pregunta sin cesar: No obstante, mi actitud es que si mi cónyuge necesitara algo que yo no pudiera darle, no evitaría que lo encontrara en otro lado, siempre y cuando lo hiciera de tal modo que no pusiera en riesgo a nuestra familia.

    La intimidad física con otros seres humanos es fundamental para nuestra salud y bienestar. No tuve una aventura apasionada con el marido tatuado. Nos acostamos unas cuatro veces en unos años. Nunca me sentí posesiva, solo curiosa y feliz de estar en su compañía. Dijo que quería tener cercanía con su esposa, pero que no podían superar su desconexión fundamental: Todos pasamos por fases de querer y no querer. Claro que no estoy culpando a las esposas porque sus maridos las engañan.

    Tampoco digo que la respuesta sea deshacerse de la monogamia. Eso puede conllevar sus propios riesgos y enredos involuntarios. Del mismo modo, una aventura no debería poner fin al matrimonio. En el mejor de los casos, un amorío —o simplemente las ansias de tenerlo— puede ser el comienzo de una conversación necesaria sobre el sexo y la intimidad. Lo que estos maridos no podían hacer era tener esa charla difícil con sus cónyuges, que los obligaría a enfrentar los problemas que yacen en la raíz del engaño.

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    Trataban de convencerme de que mantenían el secreto de sus aventuras por pura amabilidad. Parecía que se habían convencido a ellos mismos de eso.